Vicky Cristina Barcelona (versión sudamericana)
El avión se preparaba para aterrizar, los dibujos con manchones verdes, azules y marrones daban lugar al desconcertante tablero de juguete con sus pequeñas casas, calles, cochecitos, cables, ríos, canales que por instantes hacía del mundo de los hombres algo demasiado lúdico y frágil como para causar preocupaciones. Era también el momento en que Vicky sentía un leve hormigueo en su estómago, un mixto de miedo y esperanza de los últimos metros, no pudo evitar agarrarle la mano a Cristina, quien, maravillada, miraba hacia la tierra que se abría bajo sus pies. Cristina juraba que no le tenía miedo a los aviones, aunque Vicky le argumentara que todos debían sentir algo de temor, pues no era natural del hombre volar. A Cristina, sin embargo, la llenaba la esperanza, imaginaba que este verano en España, su primera vez en el viejo continente, sería el inicio de su encuentro consigo misma y le devolvería el goce por el arte que le había quitado una temporada de tres meses en un pequeño teatro de Sao Paulo se encerrara precozmente por total falta de público e ingresos. También Vicky tenía un secreto deseo de recuperar su deseo tras una gran frustración. Después de dos años de intensos estudios en su posgrado en Sociología Urbana, cuya idea inicial era investigar la expansión caótica de la ciudad que cruelmente iba echando a la gente hacía zonas cada vez más a los arrabales de la urbe, vio su material convertirse en un aglomerado de datos estadísticos que su tutora mezclaba, ordenaba, clasificaba de distintas formas para publicar cada vez más artículos en revistas científicas que pudieran aumentar la clasificación del departamento. El abandono, tras dos años de estudio, sorprendió a todos, enfureció a su tutora, pero le quitó un enorme peso a Vicky y estaba segura que en Barcelona lograría vivir con dicha levedad.
Vicky y Cristina eran amigas desde la escuela primaria y compartían casi todas las opiniones, con excepción de una visión política acerca de lo que había pasado durante las dictaduras latinoamericanas. Quizás por la experiencia distinta que habían tenido, Cristina defendía, según le habían relatado sus padres, que los que sufrieron en los años de plomo, los que desaparecían, huían o morían eran aquellos que se involucraban, que de alguna forma se la buscaban. Vicky regañaba argumentando que no era así, que la dictatura había hecho víctimas en toda la sociedad y no tenía el derecho de usar el aparato del estado para masacrar a su gente. Terminaban reconciliando, concluyendo que las cosas habían sido distintas en Argentina y en Brasil, país que acogiera a Vicky cuando sus padres tuvieron que huir. Tampoco estaban muy de acuerdo acerca del amor, pero prefiero no tratar esto como una diferencia de opinión, más de postura y sentimientos. Mientras Vicky se negaba a entregarse a amores rápidos y buscaba siempre relaciones más estables y largas, Cristina prefería la eterna búsqueda, tras aburrirse de la rutina de los compromisos serios. Pero jamás se juzgaban, aceptaban sus modos de ser y se apoyaban en los momentos difíciles. El tren de aterrizaje de la aeronave ya tocaba el piso y la pericia del piloto se notó por los pocos temblores en la cabina, se sentía en el aire el alivio característico de la llegada y Cristina, dominada por la ansiedad, ni siquiera respetó el aviso de que se mantuvieran sentados hasta que la nave se detuviera por completo.
Ya paradas delante de la cinta de equipajes, Cristina no podía contener su sonrisa y chistes o comentarios rápidos sobre aquel momento que se hacía largo mientras cada vez más pasajeros se retiraban. No fueron las últimas en recoger el equipaje, pero ya no eran tantas las valijas y bolsos que deslizaban sobre la cinta. Se dirigieron hacia a la aduana, Vicky pasó, mostró sus papeles, contestó una pregunta sin importancia y siguió su camino para esperar a Cristina en el sector de desembarque. Esperó cinco minutos antes de regresar a ver por qué demoraban los trámites, llegó a tiempo de ver como dos oficiales encaminaban a Cristina hacia una sala reservada, y ésta tuvo tiempo solamente de indicarle con la mano que esperara. Esperó. Esperó casi una hora y media hasta recibir en su móvil un mensaje de la madre de Cristina. “No la dejaron entrar, está de regreso a Brasil”.
Vicky Barcelona
Siguió esperando ya en el zaguán del aeropuerto aún sabiendo que Cristina no vendría. Estaba paralizada por la idea de seguir su viaje y traicionar de algún modo a su amiga. Pero no podría regresar, la duda la torturó hasta que el hambre le recordó que debía salir de allí. Observó sus anotaciones sobre el transporte que debía utilizar para llegar al albergue, el tren la dejaría en la Plaza Catalunya y de allí tomaría el metro hacia la estación Liceu. Serían cinco días en el albergue hasta que llegara de una gira de danza una prima suya de segundo grado quien les había ofrecido estadía. Llegó a la plaza y sin dificultad encontró la estación del metro. Entró y luego encontró un asiento libre, al instante se le acercó una señora con un pañuelo en la cabeza y una niña, se sentó a su lado, abrió un gran mapa de Barcelona y en un idioma que sonaba rumano o de algún país del este europeo empezó a hacerle insistentes preguntas mientras apuntaba al mapa. "No entiendo", le explicaba, pero la señora seguía insistiendo en la pregunta, hasta que fatigada dobló el mapa y se retiró con su niña del vagón. No le dio más importancia a lo acaecido y al llegar a la estación Liceu, descendió. Antes, sin embargo, un muchacho, quitándose los auriculares, le gritó. “Oye, revisa tu cartera". Ya el metro arrancaba, se alejaba cuando notó su cartera abierta, la revisó nerviosa y constató que la rumana le había afanado la guita que llevaba en la cartera. “Puta madre que la re mil parió, rumana hija de puta, me re cagó”, se descontroló y siguió insultando a todo el este europeo a falta de precisión sobre el origen de la chorra, hasta constatar que no le quedaba nada que hacer. Recordó que tenía en su bolsillo cuarenta euros, cantidad que le permitiría pagar la noche en el albergue y comer algo barato. El día siguiente llamaría a su padre para pedirle que le enviara dinero de alguna forma. A camino del albergue comió sin sentir el sabor un kebab que le costara 4,50 euros y llegó al albergue con ánimo solamente para llorar y, cediendo al cansancio del largo y accidentado viaje, dejarse dormir.
Se despertó algo tarde por la diferencia de los husos pero logró tomar su desayuno en el albergue. Llamó a su padre para contarle lo ocurrido y éste la calmó diciéndole que haría una orden de pago a su nombre en un banco español, el único problema es que los trámites podrían tardar algunos días. Colgó sin saber qué hacer, sin Cristina, sin dinero y lo único que se le ocurrió fue dirigirse a una biblioteca municipal cercana, donde le habían dicho que podría usar Internet. Efectivamente pudo usarla, pero no logró comunicarse con nadie, por la diferencia de horario. Ansiaba hablar con Cristina y saber qué había ocurrido. Abandonó la computadora y se dedicó a revisar los pasillos de libros. Casi por instinto terminó en un pasillo con libros sobre urbanismo y sociología, lo cual aumentó su enfado y terminó por motivarla a salir de allí.
Juan Antonio Pérez
El aire condicionado y la luz artificial de la biblioteca que dejaba contrastaban con el calor y la fuerte luz del sol que le encandeció los ojos. Estos, por otra parte, no miraban a nada en especial, giraban por la plaza que se abría a su frente y sólo se detuvo al encontrar un curioso cuadro. Rápidamente reconoció la imagen de una escultura de Miró, pero al fondo contrastaba paisajes de Machu Pichu. Se acercó con curiosidad al cuadro.
_ ¿Le gusta? – le preguntó acercándose un morocho con rasgos de latinoamericano, que imaginó que fuera de Perú, por el paisaje en el cuadro.
Asintió con la cabeza sin agregar nada.
_ Se lo dejo por 30 euros. – siguió el “peruano”.
_ Gracias, pero no tengo dinero.
_ Bueno, se lo regalaría si pudiera. – sonrió el "peruano".
Vicky sonrió también sin mirarlo, volvió a echarle un vistazo al cuadro y luego se dio vuelta para irse. Pero el peruano la detuvo con otra pregunta.
_ Usted no es de aquí, ¿no?
_ No. No soy.
_ Ya sé, es uruguaya o argentina.
_ Argentina.
_ Se le nota en el acento. Me llamo Juan, Juan Antonio. – esperó por alguna respuesta, pero Vicky nada dijo. ¿Y usted?
_ Victoria... Vicky.
_ Hermoso nombre. Victoria, he conocido a mujeres que se llaman Olvido, Dolores, Remedios, Socorro, pero mejor, mucho más bello es una Victoria.
Vicky no pudo evitar una sonrisa.
_ ¿Ya ha visto esta escultura? Está en la plaza del museo. Si quiere se la puedo mostrar.
Vicky hesitó algunos segundos, no sabía qué hacer, estaba sola y, aunque en otras circunstancias jamás aceptaría, pensó que no estaría mal que la acompañara un pintor. Pero permaneció en silencio, lo cual no desanimó a Juan Antonio, quien tomó el silencio por un consentimiento e se apresuró en recoger sus cosas en un bolso grande y empezar a caminar. Vicky lo acompañó. Gaudí, Miró, Plaza Catalunya, artistas de calle, la Sagrada Familia, Parc Guell, Miró, Gaudí. Giraron por la ciudad, visitando casi todos los puntos turísticos de Barcelona, hasta el cansancio, cuando todo empieza a parecerse como en un sueño que ya no distingue rostros, lugares, es todo un mosaico de colores que se confunden. No era sólo el cansancio que le urgía a detenerse, también el hambre empezaba a manifestarse y con él la humillación de no disponer de dinero para comer. Era demasiada orgullosa para pedirle a Juan Antonio cualquier cosa. Afortunadamente, éste se detuvo ante un boliche y le ofreció sentarse a comer algo. Ella aceptó, pero cuando Juan Antonio le preguntó qué deseaba comer, su orgullo la obligó a decir que no tenía hambre. Él, sin embargo, no le creyó, insistió hasta que logró arrancarle que no tenía dinero. Le contó contrariada el suceso del metro con la mal parida rumana. Juan Antonio le comentó que era un golpe muy común y que lamentaba lo ocurrido y con su habitual insistencia hizo con que Vicky aceptara comer algo. Terminaron de comer un emparedado que, ante el hambre de Vicky, pareció un manjar. Le encantó el jamón. Tras la harta cena, llegó el momento de que se despidieran, Juan Antonio la acompañó hasta el albergue, cuando se dio cuenta que Vicky tampoco tendría dinero para el albergue, le ofreció, aunque con un temor de que ella lo interpretara mal, si quería pasar la noche en su casa, era pequeña, pero habría lugar, el dormiría en el sillón. No aceptaría, era demasiada orgullosa. Raspó sus bolsillos, sacudió sus monedas y le ofreció el dinero para el albergue, otra vez se repitió la escena de la renuencia, seguida de la insistencia, y luego el consentimiento, no sin antes que ella le jurara devolverle cada centavo cuando llegase el dinero de su padre.
Se despertó más temprano que el día anterior y corrió hacia la plaza frente a la biblioteca, todavía no estaba Juan Antonio. Lo esperó unos veinte minutos y cuando éste llegó, le sonrió como quien creía que el encuentro no volvería a suceder. Ese día Juan Antonio no vendió sus cuadros. Vicky le pidió que le mostrara las distintas Barcelonas, no sólo los puntos turísticos sino los barrios más alejados, las comunidades de inmigrantes, algo de su curiosidad académica todavía la motivaba. Empezaron por el Poblenou, la Ciutat Vella, después se alejaron cada vez más y, como en Sao Paulo, podía verse la extraordinaria mezcla entre lo moderno y lo antiguo, edificios con mala conservación, con cañerías expuestas, antenas, ropas colgadas en las ventanas, muros derribados, fachadas con los mundialmente conocidos grafitis, cada vez más aumentaba la señal de la pobreza que tenía como banda sonora una mezcla no menos increíble de idiomas que incluía distintos acentos sudamericanos, paquistaníes, indiano, dialectos africanos. Tal vez todo aquel alboroto le resultaba más fascinante que las visitas del día anterior. Llegó sin embargo la hora en que el hambre ya no permitía distinguir los paisajes, y otra vez la vergüenza de no tener el dinero causó un incómodo en el diálogo. Juan Antonio sabía que esta vez, el orgullo de Vicky haría con que prefiriera la inanición a su ayuda y, no insistió, sino que cambió su estrategia.
_ Mira, Vicky – las horas juntos ya había autorizado el tuteo –, yo sé que no me dejarás pagarte una cena, pero escúchame la propuesta.
Vicky se mostró algo temerosa acerca de qué podría ser la “propuesta". Hasta Juan Antonio había sido siempre muy respetuoso, pero la cautela nunca sobra, aún más en otros mares.
_ Dejas que te pague la cena, pero no es un préstamo ni un regalo, tu a cambio posarás para que yo pinte un retrato. – siguió Juan Antonio y al ver la expresión asustada de Vicky, se apresuró en completar – No te preocupes, no tendrás que quitarte la ropa.
Ambos se largaron a reír, ella algo aliviada, y por fin, sellaron el acuerdo. Esa misma noche, tras una cena similar a la del día anterior, se dirigieron al pequeño estudio de Juan Antonio. Vicky entró lentamente, observando todo, mientras Juan Antonio se disculpaba por el desorden, no era muy ordenado, se justificaba, y casi no se quedaba en casa. Vicky observó los distintos cuadros apoyados sobre una pared, la Torre Eifel en la cumbre de las cordilleras, la Sagrada Familia junto a las pirámides de Egipto, un pincel sobre un teclado de computadora, las cosas fuera de su lugar.
_ ¿Dónde pondrás mi retrato? – provocó Vicky.
_ Todavía no sé, pienso que dejaré en blanco el lienzo. Eres demasiada bella y no consigo verte en ninguna parte. – contestó sonriendo a la provocación.
Vicky sonrió y no siguieron el diálogo, más allá de algunas orientaciones de cómo debería acomodarse. Vicky se acomodó según las instrucciones de Juan Antonio, quien preparó sus lápices, pinceles, tintas y con una tremenda concentración la observó de tal manera que hizo con que Vicky se sintiera desnuda. Empezó su labor con una intensidad dramática que le hizo gracia a Vicky, como una caricatura del pintor, pensó, pero luego empezó a admirar sus movimientos, su destreza y quizás era ella ahora quien lo desvestía con la mirada. Vicky jamás se interesaría por una figura como Juan Antonio, no era feo y ella se juzgaba una persona sin prejuicios, sin embargo no se imaginaba con un tipo que en su país llamarían, de forma despectiva, un cabecita negra. Sintió vergüenza de tener que admitirlo, ella siempre tan libre de prejuicios, tan humanista, qué haría Cristina en mi lugar, se preguntó. Era tan cortés, la trataba tan bien, no era feo, era peruano, qué decís, Vicky, qué problema hay, no es feo, no tengo que casarme, qué mal hay en una noche, qué haría Cristina... Los pensamientos la torturaban sin piedad hasta que la rescataran las palabras de Juan Antonio.
_ ¿En que piensas? Ponte cómoda, ya terminé.
_ ¿Puedo verlo?
_ No, todavía no. Mañana te lo mostraré.
De alguna manera era una forma de asegurar que habría un mañana para ellos. Pero no fue necesario demasiado esfuerzo esta vez, pues ya era tarde y Vicky prefirió aceptar la oferta de pasar la noche allí ante la humillación de tener que aceptar un nuevo préstamo para pagar el albergue. Vicky durmió profundamente en la cama mientras Juan Antonio se acurrucaba como un feto en el pequeño sofá.
Vicky Juan Antonio Barcelona
El día siguiente luego a la mañana durante el desayuno, se dio el diálogo que no podrían más evitar. Juan Antonio sabía que no podría seguir pintándola para ofrecerle su ayuda y tampoco a él le quedaban fondos para eso. Vicky sabía que el dinero de su padre aún no estaba disponible y tendría que lograr alguna solución. Ella misma sacó el tema.
_ Juan, ¿pensás que yo podría trabajar en algo hoy y mañana para no seguir dándote costos?
_ Mira, no sé, no es fácil, más como turista. ¿Qué sabes hacer, sabes algo en especial?
_ No sé, la verdad que nada.
_ ¿Nada?
_ Nada, estudié sociología urbana, ¿pensás que me puede servir de algo? – agregó y se largaron a reír.
_ Bueno, nada... Bueno, no sé, tengo una amiga que hace la estatua viva. Le puedo hablar a ver si nos puede ayudar, ¿crees que consigues estar quieta mucho tiempo? No es fácil. Pero quizás ella te puede ayudar hoy.
_ No sé, por ahí...
Juan Antonio llamó a su amiga y arreglaron de encontrarse cerca de la Plaza Catalunya. Milena era de Ecuador y de inmediato se mostró muy simpática. Era bella, con rasgos indígenas, ojos algo achinados y un pelo negro muy brilloso. Le preguntó si ya había hecho algo parecido y ante la negativa, sugirió que hicieran algo juntas, dos ángeles y una harpa, que no se preocupara pues todo saldría bien. Al fin del día se ofrecía a dividir las ganancias por igual. Juan Antonio se despidió y arreglaron de encontrarse más tarde aquel mismo día. Vicky y Milena se pintaron, se vistieron y se dirigieron al puesto habitual que Milena ocupaba.
Las horas pasaron lentamente, aunque el mantenerse quieta tantas horas era una experiencia nueva que le brindó un cierto placer. Jamás se hubiera imaginado en aquella situación, jamás hiciera teatro ni nada parecido, pensaba en lo que diría Cristina al verla así, pintada de gris, inmóvil, y saludando a los turistas a cada nueva moneda. Vio monedas mayores y menores, japoneses, brasileños, yanquis con sus cámaras digitales tomándoles fotos. La novedad de la experiencia no le permitió sentir los dolores que solamente al final del día empezaron a manifestarse sin piedad. Decidieron concluir la jornada, Milena, como había prometido, dividió en dos el monto acumulado. Vicky le agradeció varias veces, sentía una gran alegría, a pesar del dolor en la espalda que ya lanzaba lancinantes gritos, por haber conseguido aquel dinero, podría pagar el albergue aquella noche. Se despidieron tras limpiarse y Vicky fue a encontrarse con Juan Antonio.
Tenía un tremendo dolor en la espalda y, mientras esperaba por Juan Antonio, se recostó sobre un banco de cemento sin importarse con la mugre que las palomas, famosas ratas aladas que algunos ancianos insisten en alimentar, se encargaban de crear.
_ Vicky, ¿cómo te fue? – la despertó la pregunta de Juan Antonio.
_ Hola. Bien, muy bien. Milena me ayudó mucho. Gracias, Juan.
Tenía el dinero para pasar la noche en el albergue, pero no lo usaría. Esta vez sin gran insistencia Vicky aceptó ahorrar el dinero que arduamente ganara ese día y volver a pasar la noche en el estudio de Juan Antonio. Compraron, compartiendo los costos, unos panes, embutidos, y dos botellas de un vino barato. Esa noche festejarían y cenarían bien.
Cenaron y bebieron... Rieron y gozaron... Pero conviene que vayamos por parte.
Pese a ser lo mismo que habían comido los últimos días, el emparedado de jamón, queso y tomate tuvo un sabor distinto, como sólo la “comida casera” puede tener. El vino, barato pero bastante bueno para el paladar de Vicky, quien no era ninguna enóloga ni mucho menos, además tenía un vigor compatible con la voz de Nina Simone, que en -20 decibelios les creaba un agradable ambiente. Vicky estaba muy dispuesta a contar su aventura por el mundo de las esculturas humanas que se dan el derecho de abandonar la inmovilidad a cada moneda, le habló de lo patético que le parecían los turistas, sin recordar que ella misma era una y, al contrario de los días anteriores, habló elocuentemente durante horas, días, meses, y así seguiríamos si aceptáramos como Cortazar que en dos minutos nuestra cabeza puede vivir horas o años. Habló, habló, mientras Juan Antonio reía y admiraba aquellos momentos, habló para no pensar, que al final Juan Antonio no era tan feo, no pensar que ella no se entregaría jamás a un romance tan fugaz, no era como Cristina, no pensar que el hecho de que fuera un peruano le despertaba sentimientos prejuiciosos que despreciaba. Habló... Cuando ya no encontró asunto pidió que Juan Antonio le mostrara su retrato. Se dirigieron al lienzo cubierto y él le retiró el paño para destapar una imagen que Vicky juzgó hermosa, mucho más de lo que ella misma se veía en el espejo, no pudo dejar de mirar, sus mejores rasgos se destacaban para cubrir lo que ella juzgaba que fuesen sus defectos, su asimetría, la diferencia entre su labio superior y el inferior, se vio hermosa, se vio por los ojos de Juan Antonio. Insinuó que éste le regalara el cuadro, pero, por primera vez, Juan no atendió a su voluntad, quería guardar consigo la imagen de Vicky, pues vivía cada segundo con la inminente sensación de que ella se marcharía y no la volvería a ver. Se hizo un silencio, molesto silencio, que para bien de la verdad, no era de todo un silencio, pues Nina Simone seguía con su vigorosa voz llenando el departamento. Pero fue un silencio suficiente para que Vicky sucumbiera a aquellos incómodos pensamientos otra vez, fue un silencio suficiente para que Juan Antonio se jugara por primera vez, rozando con su mano el rostro de Vicky, mientras le preguntaba con la ambigüedad que las palabras cortas permiten, si le gustaba. Vicky no sabía si le preguntaba del cuadro o del roce en su rostro, igual contestó que sí.
Se besaron, se quitaron apresuradamente la ropa, Juan Antonio no era así tan feo, sería una noche, qué mal había, qué haría Cristina, me besa, me gustan sus besos, me besa el pescuezo, qué haría Cristina, sí, lo haría... Cedió, pero como Lilith ante los ímpetus de Adán, no aceptó estar por debajo. A Juan Antonio no le molestó, no se quejó al padre, admiró con los ojos muy abiertos cada movimiento de Vicky, como estiraba sus brazos hacía atrás, el movimiento de sus senos, al ritmo cambiante que ella decidía, su cintura, las esporádicas contracciones de su abdomen, los ojos cerrados, su cabeza hacia atrás, y los dientes presionando levemente el labio inferior, la pintaría así, sabía en que lugar, sabía en que lugar, la pintaría, la pintó y guardó para siempre ese cuadro como su secreto.
El día siguiente se despertaron tarde, el vino, la noche, se hacían sentir en los movimientos lentos, no hablaron mucho, desayunaron juntos, Juan Antonio preparó sus cuadros, ella recogió sus cosas, su bolso económico, siempre viajaba con poca cosa, no le gustaba cargar grandes equipajes, y se despidieron sin estar seguros si se volverían a ver. Juan Antonio vendió dos cuadros. Vicky por fin logró retirar el dinero que su padre le enviara. Paseó como turista ese día, Gaudí, Miró, Plaza Catalunya, artistas de calle, la Sagrada Familia, Parc Guell, Miró, Gaudí... Ese día no comió un emparedado de jamón y queso, almorzó en un restaurante catalán, eligió una crema catalana, pero no pudo comer más que la mitad de la porción.
Esa tarde, antes del anochecer la llamó Valeria, su prima había regresado de su gira de danza en Frankfurt, y le avisaba que podrían encontrarse esa noche. A la noche, se encontraron en un departamento pequeño pero bien decorado en el Eixample Izquierdo. Conversaron unas horas, nada sobre Juan Antonio, Vicky le contó el episodio de Cristina en la aduana, lo lamentaron, hablaron de la gira en Frankfurt, Valeria estaba muy entusiasmada con su grupo de danza, que tras años trabajando por “amor al arte" habían recibido un subsidio de la municipalidad. Se alegró, Vicky, y le contestó a la prima sobre su posgrado, como lo había abandonado casi a punto de terminarlo. Lo lamentó, Valeria. Cuando ya los temas no daban consistencia a los diálogos, Valeria la invitó a una fiesta que habría esa noche con sus amigos, en que festejarían el éxito de la gira. A principio, recusó educadamente la invitación, pero luego cambió de idea, no quería quedarse y pensar en sus aventuras como estatua viva, en los barrios babelescos de inmigrantes, no quería pensar en Juan Antonio.
Llegaron a la fiesta, era una casa hermosa, antigua, en un punto alejado de la ciudad, cercado de verde y cuya vista permitía observar toda la ciudad, sus luces, el monstruoso falo al centro, la Torre de Aguas y la ingente Sagrada Familia, su contrapunto. Conoció a los amigos de Valeria, bebió sin exagero, sentía todavía los efectos del día anterior, conversó con una bailarina de Brasil, era de Sao Paulo, ambas conocían a Alberto, qué casualidad, comentaron. Conoció a Jordi, del grupo de danza, le hablaba sobre las cosas que ofrecía Barcelona, las comidas típicas, no le gustaba la crema catalana, pero casi todo lo demás, tenían que ir a la playa uno de esos días. Sí, dijo Vicky, sin compromiso. A los pocos, la luz amarilla, el vino, los picadillos, y el ruido habitual de las fiestas en que se intensifican las risas, chillidos, conversas sin sentido, a medida que aumenta el grado alcohólico, la empezó a marear y decidió tomar un aire en el balcón.
Barcelona
Barcelona era hermosa, pero por un momento, vista desde allí, sintió que no era distinta de las demás grandes ciudades del mundo, era completamente distinta, pero igual de algún modo, las luces, los faroles, las parejas que se peleaban, en sus departamentos, los niños con treinta nueve de fiebre preocupando a sus padres, las fiestas, las parejas que se enamoraban, los amigos que hablaban pelotudeces mientras fumaban mariguana, un accidente, los gritos exasperados de la ambulancia, la televisión, el Gran Hermano, el llanto, un casi suicidio, pero un nacimiento. Pensó en Juan Antonio, en que tenía razón, las cosas eran más bellas fuera de su lugar, pero también más tristes. Odió a las fronteras, esa invención humana que protege un cacho de tierra y de tiempos en tiempos lleva a los hombres a embates mortales. Odió a las fronteras, esa invención que no había permitido a Cristina disfrutar un verano en Europa. Tenía razón Juan Antonio, las cosas fuera de su lugar eran más bellas, pero más tristes, ella se sentía triste, fuera de su lugar, no extrañaba una nación, extrañaba su lugar, su lugar en el tiempo, su lugar en su vida. Lloró discretamente y decidió regresar a Brasil, encortar su soñado verano en Barcelona, decidió regresar. Regresó el día siguiente, antes pasó por el departamento de Juan Antonio, con cierto deseo y a la vez miedo de encontrarlo. No estaba. Le dejó un sobre debajo de la puerta con 150 euros, que lo harían llorar aquella noche. Regresó. El avión despegó y a los pocos el tablero de juguete con sus pequeñas casas, calles, cochecitos, cables, ríos, canales, que por instantes hacía del mundo de los hombres algo demasiado lúdico y frágil como para causar preocupaciones, dio lugar al dibujo con manchones verdes, azules y marrones y luego un colchón de algodón algo gris al principio. No tuvo miedo ni hormigueos, se durmió.
FIN
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